( … ) Dicen que en las cárceles de Bangladesh, cada tarde cuando cae el sol y los presos dejan el patio para ser recluidos nuevamente en sus correspondientes ergástulos, se lleva a cabo un extraño ritual. Tras haber sido asegurado el cierre automático de los barracones y apagadas ya todas las luces, los guardias de la prisión desenfundan sus porras para deslizarlas lentamente por todos y cada uno de los barrotes que clausuran las celdas. Por lo visto, esta costumbre persigue detectar cualquier intento de fuga por tímida que sea. El hecho de arrastrar la porra por los barrotes de la celda produce una especie de composición musical —minimal, podríamos decir— basada en un compás muy simple y extenso, repleto de acentos y silencios que producen a su vez un ritmo constante, análogo, repetitivo. Noche tras noche, el mismo ritmo, la misma sonoridad; noche tras noche idéntica composición musical; noche tras noche, a no ser que alguien haya estado manipulando alguno de los barrotes, entonces se produce una alteración sonora, un cambio de ritmo, una disonancia irrumpe y, con ella, la fuga, la huida o, cuando menos, su intento. ( … )




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